Vuelven a sumar 12

Siempre me gustó el Blackjack. De hecho, siempre me han apasionado los juegos de cartas, pero entre los que de baraja francesa precisan, el juego del 21 siempre fue mi favorito. Las normas son simples; se trata de que tus cartas sumen más que las de la banca, siendo 21 el número límite y el umbral en el que, como mínimo, la devolución de la apuesta queda asegurada. Al principio del juego, el croupier reparte dos cartas a cada jugador, quedándose él una boca abajo y otra boca arriba, dejando como responsabilidad del jugador decidir cómo jugar. A partir de ese momento, los jugadores pueden ir pidiendo carta, con el objetivo de acercarse al 21, o quedarse tal cual, esperando a sumar más que el repartidor o que el croupier “se pase”, es decir, que sus cartas acaben sumando 22 o más. Más allá de la posibilidad de “contar cartas” para intentar aumentar las probabilidades de éxito, que no asegurar, el Blackjack siempre ha partido de una estrategia básica. Es decir, una serie de movimientos triviales, unas pautas, que establecen el nivel mínimo de juego que debería haber en la mesa. El movimiento, pedir carta o quedarse tal cual, siempre dependerá de la carta que la banca tenga al descubierto. Pero cuando el repartidor va con una mano decente, la estrategia básica pide que, en cierto modo, te la juegues, sobre todo cuando dispones, de inicio, de una suma de 12 a 16 y el croupier tiene un siete o más. En tal caso, siempre desearás tener algo más cercano al 12 que otra cosa. Condenado a tener una mano conflictiva, siempre desearás un 12.

Hace tiempo que el Barça se condenó a sí mismo a tener siempre una de estas manos. Constantemente al borde del abismo, cada jugada puede ser la última, la que les deje sin posibilidad de seguir apostando, la que los eche de la mesa para dar paso a nuevos jugadores. Sin embargo, y a pesar de violar de forma recurrente la estrategia mínima, siguen ahí. Pero cada vez sus movimientos precisan más de una lógica que otrora había destacado por su ausencia. Si lo sumamos a la escasa suerte de la que parece gozar el club en cuanto a apuestas deportivas, el Barça es ese jugador al que siempre le reparten entre 12 y 16 y cuando pide carta le sale una figura. Se pasa y pierde.

La última mano que ha tenido encima de la mesa ha sido un 12 llamado Arthur. Y el club ha decidido pedir carta. A partir de aquí, la suerte decidirá si ha sido una jugada ganadora o si, como nos tiene acostumbrados, se aparecerá una nueva figura que haga vencedora a la banca. Pero no se le podrá recriminar al club no haber aplicado la lógica, la estrategia básica, la que nos dice que si tienes localizado a un jugador con unas características que bien orientadas pueden adaptarse a su juego, apuesta por él. Porque el brasileño es más futuro que presente, pero lo es porque está dotado de una base cuya culminación en una pieza fundamental podría darse en el Barça de Ernesto Valverde.

Y es que, a diferencia de las últimas incorporaciones con vistas al centro del campo, Arthur sí es centrocampista. No es media punta, ni extremo interiorizado, ni siquiera un pivote puro, pues el brasileño trabaja justo por delante de la pieza que a día de hoy encarnaría Busquets. En el esquema de Valverde, Arthur sería Rakitic. Sin embargo, si bien la posición a ocupar sería similar, son varias las características que les separan. Empezando por aquello que le hace diferencial, Arthur tiene una habilidad sin proyecciones en el actual Barça (Messi a parte) para retener el balón. Capaz de recibir, aguantar y girarse. Una y otra vez, es capaz de recibir encarado a su meta y acabar de cara a la rival con espacio para actuar. Una vez realizado el movimiento y encarado, sin embargo, los recursos de Arthur son limitados. O, al menos, restan poco explotados. Si bien es capaz de conducir y, con ello, dejar atrás a rivales, el brasileño tiene un debe con el pase. No tanto por técnica, que cabría pulir, sino por la dirección. Carente de verticalidad, su pase tiene como objetivo principal mantener el balón, y será trabajo de Valverde y del propio jugador enseñarle cómo progresar y enviar balones a la espalda del rival, algo en lo que Rakitic se ha destapado en el último curso. En cuanto a recursos defensivos se refiere, Arthur carece del despliegue físico del croata, sobre todo corriendo hacia detrás, pero el brasileño no esconde el pie ni esquiva la presión y cabrá ver en el entorno blaugrana qué podrá hacer con tantos metros a la espalda y siendo Busquets, a priori, su pareja de baile.

Con Arthur, al Barça las cartas le vuelven a sumar 12. Y ha decidido pedir carta. La suerte juega un factor fundamental, pero cabe esperar que Valverde y el club hayan contado cartas con la idea de aumentar las probabilidades de que no toque una figura, pues parte vital de que el brasileño acabe cuajando queda en manos del técnico, que ya ha demostrado en otras ocasiones la capacidad para guiar y sacar rendimiento a piezas de un perfil similar al de Arthur. El Barça ha aplicado la lógica en esta jugada, falta esperar a que la suerte y la estrategia vayan de la mano o que, por otro lado, el croupier vuelva a repartir figuras.

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