Una estrella para Galicia

El sábado comí aquí. Una de las mejores comidas de mi vida. Un plan con los amigos que nació hace más de un mes y en el que a pesar de que sabía que mi estómago disfrutaría y mi cartera sufriría, no esperaba que el primero quedara más satisfecho que insatisfecho el segundo.

Con unos amigos tenemos la tradición de quedar los jueves para cenar. Cada semana en una casa distinta. Algo relativamente nuevo pero que, a pesar de no tener una continuidad estricta, cumplimos con bastante asiduidad. A principios de abril, no pude asistir a una. Esa misma noche, en el grupo de Whatsapp, uno de los amigos que estaba en la cena abría una convocatoria para hacer una mariscada a un mes vista. Él nunca había hecho una y aun consciente de que el plan no sería tan económico como los que solemos, le hacía ilusión. Acepté. Yo me apunto a un bombardeo, es una de mis máximas en esta vida. Decir sí a todo, a menos que mi vida corra demasiado peligro. No era el caso. De hecho, me hacía mucha ilusión, porque no es algo que haga muy a menudo. Comer marisco es caro y más si es bueno.

A recomendación del cuñado de mi amigo, decidimos que iríamos al restaurante A Estrela Galega, en Barcelona. Miré en Trip Advisor y la primera sensación no fue la mejor. Me parecía un sitio bastante cutre y si bien los platos tenían buena pinta, se me antojaba más un bar de tapas que una marisquería. Pero no cambiamos de idea. De hecho, aquí he aprendido que no siempre una imagen vale más que mil palabras. O, al menos, me ha quedado más claro. Así que el plan era quedar el sábado pasado, tomar algo delante del Hospital de Sant Pau y luego ir al restaurante.

Durante la cerveza protocolaria previa, les comenté a mis amigos que había leído que el restaurante tenía carta sin precios. Íbamos dispuestos a gastar una cantidad de dinero que no podemos permitirnos más que en ocasiones muy especiales así que no le dimos demasiada importancia. Así que llegó la hora y fuimos para allí. Un sitio medio escondido en la calle Rosalía de Castro, sin cartel y con una entrada que reforzaba mi sensación de que quizá no habíamos elegido el mejor sitio. Peor ya estábamos allí, no había marcha atrás. Así que entramos.

El camino de la entrada a la mesa, no más de diez metros, cambió por completo mi visión del lugar. De cutre, a rústico. De hecho, me pareció mucho mejor que no haber acabado en un sitio más moderno y menos casero. Así que me senté más satisfecho de lo que había entrado. Y esperamos. A los cinco minutos, un hombre en edad de jubilación dejó unas gafas y el bloc de notas encima de la mesa y se fue. Nos miramos extrañados, pero entendimos que lo utilizaba como recordatorio: “ahora, cuando vuelva, toca tomar nota a esta buena gente”. Seguimos esperando. El hombre volvió y, por sorpresa, se sentó a nuestro lado. Como si fuera a comer con nosotros. Nos entró la risa pero lo aceptamos como acto de proximidad. El señor se sentó, cogió un bolígrafo, nos miró y dijo: “A ver”. Y empezó a soltar nombres de platos. Nos quedamos atónitos. Nuestra reacción, tras varios platos dictados, fue la de pedirle que, por favor, nos dejara observar la lista que tenía delante, que él no usaba pues se bastaba con su prodigiosa memoria. Pero nos contestó con un “no” contundente las dos veces que se lo reclamamos, justificándose en que no todos los platos de la lista estaban disponibles. Sin más remedio, llegamos al acuerdo de que parara cada vez que quisiéramos un plato o que no supiéramos qué era un producto. Acabamos congeniando lo suficiente como para cerrar el tema con unas risas. Finalmente, se levantó y se marchó.

Todo tardó muy poco. Ni cinco minutos y ya teníamos las ostras encima de la mesa. Y qué deleite. Ni un pero. Quizá a los mejillones, pequeños y sin nada que nos hiciera pensar que en otro lugar podría ser lo mismo o incluso mejor. Pero el resto, espectacular. Langostinos, zamburiñas, percebes, navajas (el mejor plato), almejas, lenguado, chuletón (sí, chuletón)… un sabor indescriptible. Finalizada la suculenta comida, los postres no defraudaron. Una serie de manjares artesanos que ponían la guinda a una tarde gastronómicamente perfecta. Para redondearlo, nos sirvieron sin cargo los cafés y los chupitos de orujo, generosos pues sirvieron dos botellines de cada tipo.

Antes de pedir la cuenta, de mi boca salieron estas palabras: “A partir de 120€ empezaré a pensar que me han timado”. Quizá exageré, pero no esperaba que el pago bajara de los 100€ por cabeza. Ya sabíamos a lo que veníamos y nos habíamos preparado para ello (una vez al año…). Para sorpresa nuestra, el coste per cápita subió hasta los 70€. Por comida, calidad, servicio, lugar… por contexto, me parecieron pocos.

Al final, salimos de ahí con una sonrisa en los labios y empezando a discutir cada cuanto visitaríamos ese sitio, porque en vez de una vez al año, quizá subíamos a dos.

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