Geometría

Real Madrid y Juventus se enfrentaban en el Santiago Bernabéu en un encuentro marcado por el contundente 0-3 de la ida y la sensación de que el existía un gap de calidad entre ambos conjuntos que haría extremadamente improbable la empresa italiana en tierras españolas. Pero la Champions es un torneo especial, donde se miden las mejores escuadras y los mejores futbolistas y cuando un equipo no tiene nada que perder, el peligro incrementa exponencialmente. Al igual que ocurrió en Roma y en Manchester, el equipo que iba por debajo de la eliminatoria anotó en los primeros instantes, insuflando adrenalina y esperanza en un objetivo harto improbable. De esta guisa se cocinó el 0-1 de Mandzukic en una jugada que resumió perfectamente el antes, el durante y el después del encuentro.

El Real Madrid saltó al campo con su habitual estructura en Copa de Europa, el rombo de los centrocampistas. La principal novedad residió en la entrada de Gareth Bale en lugar de Karim Benzema, y en la presencia de Vallejo en el eje de la zaga, ante las ausencias de Sergio Ramos (sanción) y Nacho Fernández (lesión). La inclusión del galés dio pie a especular con un formato nuevo en el que habría mayor presencia en los carriles para taponar la salida lateral italiana. Pero, la realidad es que la estructura resultó prácticamente idéntica a la habitual. La gran particularidad es que Bale ,en lugar de repetir el rol de Benzema, ocupó su hábitat más natural en el intervalo central-lateral izquierdo juventino, cerrando en banda derecha en fase de repliegue. Esta novedad permitió que el Real Madrid pudiera ensanchar por el sector derecho, de forma que Modric pudiera permanecer cerca de Casemiro y evitar así la superioridad numérica que se dio en la ida en la zona del mediocentro brasileño. No obstante el peligro acechaba por la derecha.

Y es que al igual que ocurrió en la ida, la Juventus tenía mucha facilidad para progresar por los costados. En este caso, a través de De Sciglio/Lichteiner, Khedira y Douglas Costa se las ingeniaron para sembrar el caos permanentemente en un sector izquierdo que Zinedine Zidane desprotegió completamente. El encargado de ayudar a Marcelo esa zona fue un Toni Kroos, quien no destaca por su capacidad de realizar movimientos de corrección horizontales y/o verticales. De esta forma la Juventus percutió una y otra vez por esa zona, sembrando el caos en cada envío al segundo palo a la testa de Mandzukic.

De nada sirvió que el Real Madrid emergiera tras los primeros 15 minutos de asalto turinés. Si bien el equipo empezó a instalar su control a través de sus centrocampistas (en especial Modric e Isco), dos problemas eran evidentes. Por una parte, la ausencia de Karim Benzema vació el centro del área rival, lo que dejó a Cristiano Ronaldo en inferioridad numérica frente a Benatia y Chiellini. Gareth Bale pisaba más el sector derecho y molestaba poco por dentro. No obstante, la transición defensiva blanca seguía teniendo un agujero en ese carril derecho y con muy poco la Juventus se las ingeniaba para generar peligro. La jugada era bien simple, salida lateral, llegar a Douglas Costa y a partir de ahí llegar a tres cuartos para asistir desde diferentes posiciones a Madzukic en el segundo palo. Así llegó el segundo gol que ponía a los italianos a un gol de igualar la eliminatoria.

Zinedine Zidane no escatimó en gastos y en el minuto 45, con la Juventus a un solo gol de forzar la prórroga, agotó dos cambios dando entrada a Lucas Vázquez y Marco Asensio para sellar los costados. La respuesta fue inmediata, el Real Madrid cortó la hemorragia. A nivel ofensivo el equipo blanco seguía con el problema de la soledad de Cristiano Ronaldo arriba, con Lucas y Asensio desacertados y más preocupados en sus responsabilidades defensivas, lo que provocó que pisaran poco los espacios interiores. Una desafortunada acción de Keylor Navas (superado durante todo el encuentro), la Juventus encontró el ansiado gol que igualaba la eliminatoria y dibujaba un nuevo partido y escenario. Desde  ese instante cada gol turinés valía doble. Pero Allegri optó guardar la ropa y el Real Madrid jugó media hora en campo rival. Unos compases en los que el equipo italiano sufrió poco El Real Madrid dominaba la segunda jugada y ocupaba bien el ancho del campo, pero dejaba demasiado desasistido el punto de penalti, sin apenas oposición para los zagueros visitantes. Un punto de penalti que encontraría en el alargue para sellar el pase a su octava semifinal consecutiva.

El técnico galo ha apostado desde hace un año por una estructura que da cabida a un grupo de centrocampistas que están entre los mejores del mundo y que permite que el Real Madrid disfrute de un control del balón a través de su superioridad técnica, tratando de penetrar en la mente del adversario. Pese así, pese a los enormes resultados cosechados, este formato se ha mostrado extremadamente vulnerable en numerosas fases del juego. El primer conflicto se da a lo ancho del campo, y es que tanto Carvajal como Marcelo están muy solos para atacar y para defender. En fase defensiva, son los interiores Kroos y Modric quienes tienen la misión de auxiliarles, lo que muchas veces termina provocando el efecto colateral de que es Casemiro el que se ve superado en su zona. Ante equipos que han optado por progresiones eminentemente laterales (Bayern 2017, Juventus 2018) el equipo ha tenido muchísimos problemas en la transición defensiva. A nivel ofensivo, tanto Carvajal como Marcelo están exigidos a generar todas las ventajas por fuera, con pocos apoyos que permitan triangulaciones para llegar a línea de fondo. De este modo observamos como muchas veces centran desde el balcón del área, sin ninguna ventaja previa y con los centrales de cara a la jugada. Por otra parte el centro del campo tiende a achatarse y dibujar líneas de pase muy cortas entre ellos, provocando que la pareja de atacantes se vea desasistida, por dentro y por fuera, lo que pone más de manifiesto la falta de autosuficiencia de los atacantes blancos.

La andadura del Real Madrid de Zidane por la Champions League está muy marcada por la mezcla de jerarquía y calidad de su grupo, pero también por una dosis de suerte siempre necesaria en una competición tan extrema. La diosa Fortuna ha mirado con gracia a los blancos convirtiéndolos en sus favoritos pero, caprichosa ella, puede darles la espalda en cualquier momento. El técnico francés deberá prepararse para atajar problemas, hacer los ajustes pertinentes y ser él y sus pupilos quienes dicten su propio destino. Ningún semifinalista atesora tanto talento y experiencia.

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