Enamorados del fútbol

¿Cuántas veces os habéis enamorado? Con algo de mala suerte, seguramente más de las que querríais y, con una alta probabilidad, alguna de esas veces habrá sido de una persona que ha acabado jugando vosotros. Empiezas con ilusión, y a medida que conoces a esa persona va creciendo a la par que sientes que ella va por el mismo camino. Con el paso del tiempo, idealizas muchos de sus rasgos y, al final, acabas cayendo en un profundo estado de idiotez que ante cualquier cambio brusco te aboca a experimentar el modelo de Kübler-Ross. Cuando todo esto se da porque tu inocencia pesa más que cualquier cosa, te echas la culpa. Alcanzas un estado al que la otra persona no ha llegado, y de alguna forma te lo ha dejado claro. Sin embargo, cuando la inocencia no es más que una parte y la que ha provocado llegar a esa situación ha sido esa persona con sus falacias y medias verdades, entonces te encuentras con ese sentimiento de amor-odio. Pero cuando esa persona vuelve a ti, caes sin remedio.

El fútbol es esa persona volviendo una y otra vez. Como aficionados aferrados a un equipo nos pasamos la vida idealizando cualquier rasgo del fútbol, de nuestro club, del jugador favorito, hasta tal punto que creemos que todos ellos deben sentir exactamente lo mismo que nosotros. ¿Cómo no va a proclamar amor eterno a este sentimiento? ¿Por qué iba a traicionarme por otra forma de ver el fútbol cuando tan felices éramos hasta ahora? Nada de eso tendría sentido. Años y años deseando que eso sea así, creyéndolo posible, a pesar de que tantas veces el fútbol nos mande señales evidentes de que no, que esa idealización es cosa nuestra, aunque otros días nos diga que todo va a ir bien y que seremos felices para siempre. Ese doble rasero que nos mantiene tan en ese estado de idiotez que somos incapaces de despegarnos de ello.

El fútbol es esa persona que juega constantemente con nosotros a sabiendas de nuestros sentimiento. Y si bien al principio la culpa es suya, cuando caemos dos, tres, cuatro, cien veces en lo mismo, entonces quizá ya no es cosa suya, sino que hemos entrado en un estado de idiotez permanente e incondicional. En ese punto en el que la idea está tan arraigada a una idea preconcebida que no se sostiene ante muestra empírica alguna. En el punto de no retorno, en el origen de un precipicio que nace de nuestra tremenda capacidad de rechazar cualquier hecho que no vaya acorde con lo que estamos dispuestos a aceptar como verdadero. Ese estado, en el que residen una gran parte de los aficionados, tiene como único horizonte la continua frustración e insatisfacción ante algo que, en realidad, es mucho menos importante que cualquiera de esas personas con las que uno podría llegar a sentir lo mismo, pero a lo que damos un valor tan elevado que de costumbre se nos va de las manos.

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