El día que me tropecé con Johan Cruyff

Que yo recuerde he coincidido varias veces con jugadores del Fútbol club Barcelona. Cuando era niño, durante los años ochenta, invitaron a un par de futbolistas del primer equipo a visitar mi colegio. Juraría que uno de ellos era Urbano, aquel versátil jugador de banda que procedía del Español. Era la época en la que la dimensión social del equipo era grande, pero mucho más doméstica. Podíamos encontrar a un jugador y tratarlo sin histerias. De hecho a aquellos dos jugadores yo no les hice ni puñetero caso. Ninguno era Schuster.

Ya en la universidad hubo varios avistamientos más. Recuerdo que subiendo la cuesta en dirección a clase había un concesionario de coches de lujo y nos cruzamos con un africano tan enorme que nos llamó la atención. Me acompañaba un chaval de origen suizo y apellido impronunciable que al verle gritó: – ¡Hostia, Bogarde! Y Bogarde se giró a mirar quien le llamaba, y nosotros miramos a aquel hombre montaña con cara de terror por si le habíamos ofendido. Por suerte no. No se dio por ofendido y siguió para adelante sin darnos mayor importancia.

Otro día vimos subir por la cuesta en coche a Sergi Barjuan, el gran lateral internacional. Entonces aun en jugador del primer equipo. Ninguno de los dos lo sabíamos, pero íbamos a coincidir en otra ocasión más. Él estaba con un grupo de amigos en una discoteca, y los amigos intentaban meterle ficha a una conocida mía, amparados en el supuesto prestigio del futbolista. Recuerdo que la chica replicaba que él le sonaba del Barcelona, pero “de hace mucho tiempo”, cuando por aquellas fechas él aun jugaba en Primera con el Atlético de Madrid. Él se reía, pero a mi me daba que pensar en lo corta que es la memoria del pseudo-aficionado.

Aunque sin lugar a dudas el encuentro futbolístico más catártico que tuve fue cuando me crucé con Cruyff.

Yo me había escapado de las clases e iba a visitar a unas amigas que vivían cerca de la clínica Teknon. Por el camino me encontré con un señor que paseaba al perro. Estábamos solos él y yo en la calle; y entonces me dio un vuelco el corazón. Eran Johan. JOHAN CRUYFF. Nunca he entendido que conocer a alguien de la tele o el periódico te de el derecho a saludarle. Así que solo me quedé un par de segundos mirándole y luego aceleré el paso consciente de que tampoco había pagado el pase para ver a un dios del fútbol paseando al perro. No obstante aquello me impactó muchísimo sin tener siquiera que decirle nada. Era lo más cerca que había estado de la inmortalidad.

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