Juicio por combate

“Deseo confesar. Soy culpable. ¿Es eso lo que queréis oír? Soy inocente de matar al rey, pero soy culpable de un crimen mucho más monstruoso. Soy culpable de ser enano. Sí, se me juzga por ser enano. Os habéis pasado toda la vida juzgándome por eso. Yo no maté al rey, pero ojalá lo hubiera hecho. Ojalá fuese el monstruo que creéis que soy.”

Los partidos de André Gomes no son el problema. O no, al menos, para una parte importante de la afición. Aunque se repita una y otra vez que sí. Si bien es cierto que su rendimiento, sin contexto, no da para una defensa férrea de su futuro en el FC Barcelona, la realidad es que ya llegó en verano de 2016 al club con una cruz de la que, de momento, se antoja imposible que se pueda desprender. Pero, si le añadimos lo que le envolvió en su único año en el Barça, podríamos concluir que para André la de Valverde es su primera etapa en Barcelona.

Desconociendo lo que el idioma del FC Barcelona implicaba, el luso llegó a la Ciudad Condal cuando más difuso era ese lenguaje tanto para propios como para extraños. André llegó y se le pidió que hiciera algo que nunca había hecho en un equipo que, además, no premiaba a quienes sí lo hacían. Añadido al resto de variables que rodeaban su fichaje, la duda se convirtió en incredulidad. Porque si bien es cierto que su año en el Valencia daba para pensar en un jugador al que tener en cuenta en el panorama internacional, que proviniera precisamente de un club donde el Barça parece abonado y que además lo hiciera por un precio que estaba condicionado a un Balón de Oro no hacía más que poner en boca del aficionado culé un cierto menosprecio hacia el jugador.

Evidentemente, en una temporada en la que ni equipo ni entrenador estuvieron a la altura de las exigencias del club, André fue la diana fácil para muchos, como anteriormente lo habían sido Mathieu u otros cabezas de turco. No era que el sostén táctico del equipo fuera insuficiente, o que participara en un baile de posiciones insostenible, o que el contexto en el campo no estuviera definido, sino André. Era el mal del Barça, daba igual si jugaba y donde lo hacía, el problema era él cada vez que se podía sacar su nombre a relucir. El punto y final, la cruz definitiva, llegó en París, donde no es que hiciera algo peor que le resto, sino que fue titular y falló ante el portero cuando el Barça más lo necesitaba. El 4 a 0 no fue su culpa, pero una vez más fue el blanco fácil.

Luis Enrique se fue, llegó Valverde, y la cruz seguía (y sigue) ahí. Sin brillo pero sin pena, su titularidad ante el Atlético de Madrid ya empezó como su paso por el Barça. Una incidencia directa en el marcador se hubiese tomado más como algo de lo que bromear que de una mejora sustancial del jugador en un equipo que sí da una estructura sólida a sus piezas. No se dio, pero los problemas del Barça no fueron por su presencia. Pero eso daba igual, porque André llegó al club una vez la afición ya había renunciado a él.

Las palabras de Tyrion, esposado y ante su padre ejerciendo de juez, no reflejan más que aquello que toda su vida había estado deseando decir, una verdad tan real como cruel que, por supuesto, ni su propio padre es capaz de aceptar. Él lo sabe, lo dice, pero el resto lo saben y lo callan: si en vez de Tyrion estuviera Jamie en el estrado, su hermano, la escena no acabaría en la petición de un juicio por combate. Pero el que declara es Tyrion, que no deja de ser una persona que nació con un defecto a ojos de la mayoría.

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