FCB 2003 – 2016: Prólogo

Ningún otro equipo de fútbol suscita a su alrededor más debates y atenciones sobre su estilo y modelo de juego que el Fútbol Club Barcelona. Tampoco ninguno tiene en su relato una historia igual de grandeza sin premio, a modo de maldición, a la que una fecha concreta libró del hechizo. Johan Cruyff es el comienzo porque con él llegó la ansiada, y por décadas negada, Copa de Europa. La admisión en un club al que ya se pertenecía, pero en el que no se ostentaba el mismo rango que los demás. La posibilidad de mirar de igual a igual a quienes, en realidad, ya lo eran. Cruyff es el comienzo porque ganó.

Cuando el disparo de Ronald Koeman se abrió paso entre la barrera de la Sampdoria y huyó del contacto con los dedos de Pagliuca, el Barça llegó al lugar en el que a lo largo de toda su historia quiso estar. El que entendía que le pertenecía, donde tenía tanto derecho como cualquiera para estar. Marcado por un largo camino de esfuerzos sin recompensa hasta labrarse desde la decepción una suerte de trauma que dio forma a un club alterado y apresurado, como quien trata de huir de sus propios fantasmas, la victoria sobre el maleficio se incorporó en can Barça como una suerte de revelación. Años de intentos buscando la fórmula adecuada no habían dado los frutos deseados, de modo que, por fin conquistado el codiciado botín, aquello cuanto rodea al club creyó haber dado con la receta mágica. Una apuesta de juego tan marcada y radical que era imposible no reparar en ella. El club que tradicionalmente había ganado menos de lo que creyó merecer, de repente ganaba más que nunca. Tenía que ser el cómo.

Un cómo con el protagonismo en el juego como motivo, el balón y el fútbol de ataque como expresión, y el juego de posición como herramienta. Qué ser, cómo serlo y qué utilizar para ello. Un destino, un plan y un camino.  Aunque al Barça su experiencia directa le contara algo distinto, el fútbol para el resto no había sido quisquilloso a la hora de aceptar victorias de variado sello. Cualquier estilo ha permitido, permite y permitirá vencer. La historia es tozuda. La única condición que pone para ello, al menos si de sostener la victoria en el tiempo se trata, es imponer el propio estilo. Ejecutarlo mejor que el de los demás. ¿Por qué entonces, desde 1992, siempre que el Barça ha vuelto en brazos de aquel modelo futbolístico que le abrió la puerta del Olimpo ha ganado más que el resto?

Convencido desde el aprendizaje en primera persona de que las victorias que por fin afirmaban su lugar en el mundo respondían a un determinado modo de proceder, y creyendo haber encontrado con ello la piedra filosofal de la felicidad arraigada al triunfo, el Barça halló la ventaja estratégica respecto al resto de competidores en el hecho de construirse una identidad relacionada con el camino futbolístico con el que se había impuesto sobre e césped. Adoptarlo como camino y configurarse a partir de él. Adaptar el club al modelo para ofrecerle a éste el hábitat más favorecedor posible. Dar todos los pasos en una misma dirección para que todo confluya en un lugar de encuentro compartido. Que cuando coincida una generación de canteranos excepcional, resulte que juegan a lo mismo, que cuando una incorporación aterrice en el Camp Nou sepa qué se le pedirá, y que cualquier nuevo entrenador a los mandos no deba gastar tiempo ni esfuerzos en buscar una receta porque ésta le viene entregada como regalo de bienvenida. Todo va más rápido y todo encaja mejor porque nunca se parte de cero. Más que un modelo determinado, la ventaja estratégica es haberes configurado más claramente que nadie a partir de uno.

La nueva Champions League trajo consigo la posibilidad de que prácticamente todos los grandes clubs europeos, años tras año, compartan el máximo objetivo. Lejos queda el crecimiento progresivo que primero demandaba la victoria nacional para lanzarse a la conquista del continente. No hay tiempo de espera. En esta coyuntura, pues, el corto plazo ha ganado terreno, con proyectos  en los que la fecha de caducidad queda fijada para junio. Cada temporada todos menos uno se quedan sin su premio. Cada temporada todos menos uno fracasan en el intento. No hay tiempo. No hay tiempo para hacer lo que hizo el Barça a partir de su primera Copa de Europa ni para esperar lo que esperó para conseguirla. El presente ya no ofrece las condiciones para construir esa ventaja. Sólo la amenaza de perderla y de no poder recuperarla.

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