Un humano con un don

Ramires no podía haber sido más oportuno. Instantes antes de que Cüneyt Çakır señalara el final del primer tiempo, el brasileño se sacó una vaselina de la chistera para minimizar el daño que habían hecho a su equipo los tantos de Busquets e Iniesta. El Chelsea respiraba, hasta cierto punto, tranquilo, consciente que el plan de Di Mateo podía retomar su cauce tras el descanso. Y así fue. Pero en uno de los ataques de paciencia inacabable de los jugadores de Guardiola, Cesc cayó al suelo.

Penalti. Cech calentaba sus guantes y Messi agarraba el balón mientras Xavi le miraba impasible, convencido que nada podía ir mal. Toda una era dependía de ese instante. El éxito iba a dar la posibilidad a Pep de inmortalizar todavía más su figura como entrenador del FC Barcelona, mientras que el fracaso supondría cerrar su ciclo con un sabor agridulce. En las botas de Leo aguardaba el destino.

Se tomó su tiempo. La mirada desafiante del meta no le inquietaba, pues apenas le miraba a los ojos. Con su habitual expresión de póquer, su mirada fijaba el objetivo. Ese objeto esférico tejido de cuero que no se despega de su bota a menos que él quiera. Ese amigo inseparable que nunca le había fallado. Hasta ese día.

Al travesaño. A la misma velocidad que el balón rebotaba hacia la tranquilidad de los ingleses, despedían los catalanes cualquier posibilidad de victoria. No por no merecerlo, ni siquiera por no intentarlo, sino porque el fútbol es un estado de ánimo y el del Chelsea, tras el fallo, no podía ser superado ni con el mejor fútbol que había visto el Camp Nou. El argentino había probado, como nunca antes, el sabor de la derrota.

Acostumbrado al éxito, Leo encarnó aquella noche lo que iba a vivir en otras futuras. El fallar cuando nadie lo espera, el tenerlo en la mano y que te lo arrebaten, fue lo que aprendió Messi que, tarde o temprano, pasa en el fútbol. Y no solo una vez. Lo viviría después, de nuevo, tanto con el Barça como con Argentina. Porque iba a volver a fallar.

Nadie está libre de pecado. En algún momento, el fallo llega, incluso para Leo. Cosas del fútbol que el suyo llegara ante su afición y acurrucado, posiblemente, por el mejor fútbol jamás visto. Y aun con ese aroma de deidad que desprende su figura, aquél día demostró que, en realidad, es un humano. Un humano que ha sido obsequiado con un don.

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