Allegri nunca creyó en los milagros

El último capítulo de Luis Enrique como entrenador del FC Barcelona en Champions League llegó ayer a su fatídico aunque esperado desenlace. El milagro no se postró en el Camp Nou por segunda vez esta temporada y el equipo acabó pagando con una nueva eliminación en cuartos de final lo que ya se puede decir que ha sido una temporada gris en el club azulgrana. Pero los focos todavía siguen fijados en lo sucedido anoche en Barcelona, porque si el resultado de la ida daba esperanzas al no alcanzar la magnitud del de París, el tener delante a la Juventus y no a los franceses las restaba.

Como en Turín, a los italianos no les hizo falta brillar en el césped para lograr un resultado favorable. Sin embargo, la forma de afrontar un encuentro en el que venían avisados por Emery bastó para que no se les difuminara la cara en ningún momento. Con la presión suficiente como para retardar la salida del Barça y la cobertura atrás imprescindible para controlar a los descolgados (Messi y Suárez), Allegri solo iba a permitir a su rival establecerse en tres cuartos, consciente de las carencias del ataque posicional del conjunto de Luis Enrique. En ese contexto, el FC Barcelona apareció, pero no de la forma en la que su rival fuera a sufrir.

A diferencia del partido en Italia, esta vez Neymar sí pudo con Dani Alves o, al menos, éste acabó tan desquiciado como el azulgrana en la ida. Como lleva haciendo durante todo 2017, la chispa del extremo se presentaba en banda izquierda con cierta asiduidad, pero esta vez no era lo que necesitaba el equipo, porque no iba a funcionar. Puede que sea casualidad que Neymar completara la mitad de regates que intentó, siendo el absoluto una cifra considerable, pero cada vez que el brasileño superaba a un rival, un muro se le aparecía en frente. Podía con uno, pero al segundo o tercero, claudicaba. Y, cuando su calidad le permitía llegar lo suficientemente lejos con balón, su toma de decisiones se retardaba y, en términos de acechar la meta de Buffon, de poco le acababa sirviendo al Barça.

Ante el “quiero, pero no puedo” de Neymar y la imprecisión de un Suárez casi desaparecido en área rival, Luis Enrique volvía a depender del de siempre. Como en Turín, Leo Messi hizo todo lo posible para que el balón acabara al fondo de la red, con la diferencia de que si entonces había cedido la responsabilidad final a sus compañeros, esta vez iba a ser él el que finalizara las acciones, a la vez que las generaba. Pero el resultado no fue distinto.

La guinda a la intentona blaugrana la pusieron Piqué, que apenas apareció por la zaga en la segunda mitad, consciente de que nadie en el banquillo gozaba de más opciones de acabar rematando al fondo de las mallas que él, y la sustitución de un Sergi Roberto que, junto a Leo, había sido uno de los estandartes del equipo en la eliminatoria.

El atisbo de esperanza que albergaba el Camp Nou era incluso más irreal que el de la vuelta de París y, curiosamente, fue esta vez en la que el Barça gozó de más fútbol, aunque no el suficiente. Porque si en los esquemas del PSG entraba la posibilidad de que el FC Barcelona se metiera en la eliminatoria en algún momento, a Allegri ni se le llegó a pasar por la cabeza.

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