La pesadilla de Luis Enrique

“Fue como vivir la tercera parte del partido de París, el primer tiempo ha sido una pesadilla”

Luis Enrique lo relataba así tras caer en Turín con un resultado que, milagros a un lado, a día de hoy no parece remontable, más incluso que la debacle ante el PSG, por rival y por pura probabilidad. Si nunca nadie ha remontado un 4-0, ¿cuándo un equipo ha logrado dos remontadas impensables en dos rondas consecutivas? Pero a lo que debemos atender es a esa comparación generada tras un nuevo traspié del FC Barcelona. Un paralelismo que, en realidad, no traspasa la frontera de un resultado abultado, porque los símiles en cuanto a juego y desarrollo de los acontecimientos son inexistentes.

Si el conjunto de Unai Emery precisó de su mejor versión, la que no se había aparecido en el Parque de los Príncipes en toda la temporada, a la Juventus le bastó con encontrarse a un Barça mundano. No necesitó florituras, ni grandes contragolpes, tampoco una circulación exquisita, pues le bastó a Allegri con una versión exquisita de Dybala durante los primeros veinte minutos para aprovechar los errores que los visitantes iban acumulando a sus espaldas. Pero la Juve concedió metros, demasiados para el gusto de su entrenador, y no lo acabó pagando por algo que esta temporada parece haberse magnificado: el desperdicio de las ocasiones que Leo sirve a sus compañeros.

Leo Messi ha creado 63 ocasiones de gol de las cuales sus compañeros solo han convertido 7 en asistencias del argentino.

A diferencia de otras citas, esta vez no le funcionó a Luis Enrique el Mascherano pivote, que arrastró sus errores hasta el punto de no poder librarse de ellos cuando bajó un escalón en el sistema. El asturiano apostó por Mathieu, el que le aportaba más centímetros y una versión más pura del central que precisa el 3-4-3, pero el francés, que reculó demasiado ante Cuadrado y lastró en ocasiones la salida de balón, fue el sacrificado en la corrección de piezas al descanso. André Gomes pasó al mediocentro, y si bien sigue gozando de un gran margen de mejora en su papel sin balón, pues le faltan unos metros o segundos de anticipación, fue capaz de dotar al Barça de un activo más en la circulación, y permitir a Mascherano ejercer de lo que mejor sabe en este equipo.

Pero al Barça le faltó el gol, ese que convertía lo imposible en improbable, el que tanto insistió Messi en encontrar pero que jamás entró. Porque el argentino dio un recital, se la puso a Iniesta para que la empujara, y no entró. Se la dejó a Suárez para cruzarla, y lo hizo demasiado. Centró para que Umtiti cabeceara en boca de gol, pero no llegó. Incluso él lo probó, pero ahí estuvo Buffon. Tampoco bastó la inestimable ayuda de un Sergi Roberto que intentó todo y estuvo en todo el campo para ayudar en lo que fuera, consciente que difícil iba a ser que se le reconociera su partido.

No fue el día del FC Barcelona, como tantas otras noches esta temporada. Tampoco su rival tuvo un día especialmente brillante, como en tantas otras ocasiones durante este año. Pero por convicción, por idea de juego, por alternativas ante las diferentes complicaciones, o por lo que dijo Buffon en rueda de prensa (“si el Barça está bien, gana, si juega mal, pierde”), es la segunda vez esta temporada que los de Luis Enrique se quedan fuera de Europa, y se antoja imposible que vaya a existir una tercera.

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